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el mundo no está hecho de átomos| el mundo esta hecho de historias

Pedos






Me indigna que la gente se tire pedos en espacios cerrados. Lanzarse "cuetes" con gente alrededor se covierte automáticamente en un insulto. Una agresión gaseosa que no hace más que golpearte sistemáticamente por varios segundos. Te embiste y arremete contra ti una y otra vez, sin descanso, sin  pausa, hasta que, si Papá Lindo se digna, una ráfaga de viento fugaz aparece y logra llevarse consigo el putrefacto olor del que has sido obligado a ser testigo.



Con esto no aconsejo que acumulemos flatulencias dentro de nosotros. No. Reconozco que uno de los placeres de esta vida es, por ejemplo, lanzarse una ventosidad dentro de la cama y luego levantar las sábanas para comprobar cómo andan nuestros vapores. Todos lo hemos hecho alguna vez, no nos hagamos los estrechos. Soy un abanderado de la libertad y liberar nuestros gases es requisito para ser independientes y autónomos. Pero no confundamos libertad con libertinaje. No tenemos por qué humillar a otros con nuestros olores.



Denuncio esta causa, pues el destino me ha hecho padecer esta injustificada situación en la peor de las circunstancias. En un avión que va repleto de cabo a cabo. Donde no pasa ni por asomo alguna caritativa ráfaga de viento.

Donde el aire es el mismo desde que el motor acelera hasta que se detiene. Donde no te queda otra que rezar para que el descarado o descarada que no controla sus esfínteres -o que, simplemente, no le interesa controlarlos- no decida soltarse un pedillo más con olor a menestra.


Incito desde aquí a que nos levantemos contra este cruel abuso. Si estamos en la cola del supermercado y olemos un pedo, denunciémoslo. Si estamos en el cine o en el teatro y llega a nuestras fosas un olor a intestino, aclarémoslo. Alcemos la voz. Descubramos al autor intelectual de dicha agresión. Un pedito no es poca cosa. Pongámoslo en evidencia. Gritemos a voz en cuello que aquí huele a poto y pobre de aquel que ose lanzarse un perdigón más. Así para la próxima el malhechor tendrá, si tiene sangre en la cara, un pelín más de vergüenza, pues estará advertido de que hay gente atenta que no permitirá otro de esos dolorosos golpes olorosos.



Dicen que es de valientes firmar nuestros gases, ponerles nombre. No nos quedemos callados ante el flatulento que utiliza el anonimato para hacer escarnio de nosotros. No nos lo merecemos. El aire es tanto suyo como nuestro y debemos respetarlo.

Ya suficiente contaminación hay en el mundo como para seguir emponzoñando a quienes nos rodean.
Abajo los pedos públicos. Nuestra voz debe ser escuchada. No permitamos que se zurren literalmente en nosotros.



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