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el mundo no está hecho de átomos| el mundo esta hecho de historias

Gimnasio




Hace una semana he vuelto al gimnasio. Después de un año de inactividad física he vuelto. Sí, maldita sea, regresé. No retorné por añoranza, ni por salud ni vanidad y mucho menos buscando proactividad. No.

Regresé por mis amigos, obligado, casi casi maniatado.
Coaccionado. Un próximo largometraje me espera y aquel personaje que aguarda por mí requiere de un cuerpo medianamente bien formado. Gajes del oficio.


Una vez instalado entre pesas, máquinas y sudores, sentí la misma fatiga que siempre se apodera de mí cuando me encuentro dentro de toda esa fauna egocéntrica. Gorditos sudando la gota gorda, esforzadas jovenzuelas intentando levantar lo que el tiempo se esfuerza en descolgar, abusivos entrenadores mentalizados en hacerte sentir enteramente incompetente, afanadas señoras haciendo sus caminatas interminables y mucha, demasiada competencia. Todas las miradas puestas en los otros. Aver quién carga más, quién dura más.



Silencioso y sin aspavientos, decido empezar.

Me pongo los audífonos para que los que siempre infatigables y sociables conversadores asuman que estoy esuchando música y que, por ende, no les puedo prestar atención y así no tengan la más mínima intención de hablarme. Un antisocial, pero no hay nada que odie más que alguien que me habla mientras se me deforma la cara intentando levantar algunos kilos.
Para conversar los cafés, no se pasen.


Arranco con poco peso para ir calentando los músculos. Cuatro series de diez y todo parece ir bien.

Endurezco bíceps, sigo con tríceps, espalda, pecho y pareciera que nunca hubiera dejado el deporte.


Schwarzenegger se queda chiquito. Estoy en mi máxima gloria cuando llega entonces el momento de tensión. Me asalta de pronto una pregunta inquietante: ¿Hacer o no hacer ejercicios para piernas? Todas mis amigas se burlan de los delgadas que son y hasta mi ex suegro me apodaba "calambrito". Decido que es hora de cambiar. Empiezo entonces.



Mala idea...



La señora de 60 años de mi costado levanta más peso que yo. ¿¡Como va ser!? Una vergüenza sin precedentes. A la segunda repetición poco más y se me baja la presión. Dejo la rutina a la mitad para no terminar desmayado. Una desgracia. Ahora, por mi afán de engrosar siquiera un tantito mis extremidades inferiores, camino cual escaldado, no puedo subir escaleras y cualquier movimiento brusco me hace saltar de dolor hasta el techo. No justifica. Ante estas penurias, prefiero seguir siendo calambrito.

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